Karian, parte IV. El Discurso


- Lo mejor va a ser atraparlo y meterlo en el auto, si seguimos a este paso en cualquier momento lo van a encontrar y se pudre todo- sugirió Alex que hasta ese momento se había limitado a observar los movimientos de Karian para tomar nota de su estado.

Se detuvo el auto y Carl se bajó. Karian aceleró su paso y Carl lo seguía de atrás como podía con su cuerpo ocioso de escocés. A los 100 metros Karian se frenó de golpe y se zambulló de cabeza en el automóvil. “Arranca, arranca William! Hasta la vista Carl!” exclamó. Willy aceleró para ver que pasaba. El auto desapareció de la escena y Carl se sentó en el cordón de la Calle Saint Underwill cansado de las bromas pesadas y con sueño. El Audi dio la vuelta manzana para volver a la ubicación de Carl que se hallaba descansando las piernas. Mataron a Obama y tiraron abajo una prisión pero en apariencia nada había cambiado entre ellos dos. Karian reía y reía mientras Nancy lo mimoseaba, había vuelto a la vida. Carl se sentó en la otra punta y recordaron los e-mails lunáticos intercambiados. Willy conocía el camino y la tranquilidad de hallarse a salvo de todo reinaba en todos. Alex roncaba. Lo único que les inquietaba la conciencia era el siguiente objetivo: no ser encontrado por las autoridades. Para ello se dirigían las afueras del Louisiana donde se encontrarían con Wallace para intercambiar nuevamente el medio de locomoción y volver rumbo a Alaska donde se refugiarían de toda sospecha.

                                                   * * *

-¡Karian! ¿Podrías dejar de apretarle los senos a Nancy por un momento? –explotó Carl Holdman-. ¿Acaso no sabes que acabo de arriesgar mi vida y la de esta gente para sacarte solo porque cometiste el pequeñísimo error de dispararle a Obama un tiro justo en medio de la cabeza?

-Lo lamento –dijo Karian en tono suave-. Tengan en cuenta que he estado tres días en una celda de lujo, y aunque allí no lo noté, ahora que me han liberado me doy cuenta de la angustia reprimida por mi estadía en ese lugar paradisíaco que me ha distraído de la práctica del Zen. Y es por eso, creo, que necesitaba canalizar mi ansiedad en algo… Pero, adelante, continúen la reunión, ya me siento mejor.

Nancy le pasó la mano por la cabeza con ternura maternal y Karian se veía ya mucho más calmo y sosegado, en armonía diría, con todo cuanto lo rodeaba. Todos miraron a Carl entonces y éste se pasó la mano por el rostro tratando de calmarse nuevamente. –Bien, dijo, como decía antes, este mapa indica -aparentemente- la ubicación del tesoro de la Calavera; sin embargo, para hallarlo debemos encontrar primero la isla del Dragón, cuya ubicación al parecer es un secreto guardado por los Mox del pacífico, una tribu salvaje, que es, querámoslo o no, nuestra única chance de llegar al tesoro. Por otra parte, todos en esta habitación necesitaremos rehacer nuestras respectivas vidas fuera de los EEUU de ahora en más, y para ello necesitaremos el dinero suficiente. Así que, ¿qué dicen? Willy, ¿podrías encontrar al capitán Red Kid en las próximas horas? Nadie nos llevará más rápido que él, y en nadie más podríamos confiar nuestro secreto.

-¿Cómo te enteraste del tesoro de la Calavera? –Preguntó Karian con una calculada ingenuidad que alarmó a Carl.

-¿Eso importa? –Replicó el indagado.

-Mmm… no sé, depende… -Hizo otra pausa y luego agregó:

-Y ¿qué sabes de ese tesoro? ¿Sabes en qué consiste exactamente?

Carl se estaba exasperando nuevamente, pues comenzaba a intuir que Karian no estaba diciendo todo lo que sabía pero la sed de aventura y la imposibilidad de conocer el secreto de su amigo en ese instante lo impulsó a seguir adelante.

-No sé exactamente qué sea, pero sí me he enterado de que es invaluable. Y ¿tú? ¿No sabes nada al respecto? ¿Ninguna leyenda sobre el tema?

Carl intentaba presionarlo para que hable, pero sabía que era inútil, aunque no obstante esto, la sonrisa que insinuó Karian le bastó para saber que estaba en lo cierto y que estaba metido en algo realmente complejo, y no sabía en qué sentido, puesto que luego de lo que habían pasado hasta el momento no cabía en su imaginación algo más aterrador que la presente situación. Pero, para Karian seguramente todo era muy natural, y hasta seguramente lo atribuiría al curso natural de la vida o algo así como solía explicar todas las cosas. Tal parecía que todo hasta aquí no había sido más que la punta de un iceberg, pero aún así sabía que su amigo no lo expondría a ningún peligro gravísimo si no contara con alguna –probablemente estrafalaria- ruta de escape.

-No, justo de ese no sé nada, dijo Karian de forma casi infantil.

El resto del grupo adjudicó esto al shock que había sufrido un rato antes.

Carl no lo hizo.

Hay que decirlo claramente, Karian Smitson era un excelente actor cada vez que quería conseguir algo. En esta ocasión no habían dudas, Karian había planeado todo para hallar el tesoro de la Calavera, y si él era quién lo quería una cosa era segura: no estamos hablando de dinero. A Karian nunca le interesó el dinero, y es seguro que en eso no cambiaría jamás, pues su educación lo marcó apreciablemente en tal sentido para formar valores perdurables, tan raros de encontrar en el mundo occidental de estos días. “¿Qué es lo que busca Karian esta vez?”, se preguntaba Carl Holdman mientras lo miraba con cierta indignación.

-Me gustaría volver a Escocia y conocer mejor mi pueblo cuando esto termine –dijo Karian cambiando de tema-. Nunca pude conocer mi propio país y eso me ha intrigado siempre.

-¿No eras uruguayo? –Preguntó Carl algo sorprendido.

-Mis padres eran escoceses, dijo Karian.

Me abandonaron en la rambla y fui criado por las gaviotas, luego me embarqué como ayudante en un buque mercante, y finalmente me reclutó la CIA.

    Hubo un marcado silencio, y luego agregó:

-Nancy me encontró en la rambla un día, y ella fue mi primer contacto humano cuando tenía yo unos dieciséis años. En la mochila con la que me dejaron encontró mis documentos y cincuenta mil dólares, y con eso se las arregló para facilitar mi educación.

Carl quedó bastante sorprendido, pero ahora lograba al fin entender de dónde provenía la concentración imperturbable de Karian.

- Hablando de escoceses, si no me equivoco creo que me quedaba un remanente. Un buen trago no me vendría mal para premiar al alma. Karian ¿te apetece un whiskicito?

-No gracias, no lo necesito, estoy bien así…

Mientras todos se alistaban para zarpar, Carl Holdman y Karian se quedaron charlando un poco en el living, aprovechando la ocasión. La casa, a la que Alex había calificado antes como una “casa de m…”, era para Karian un lugar acogedor, salvo por la falta casi absoluta de decoración, lo cual no vio oportuno decírselo a su amigo ya que de cualquier manera no era asunto suyo.

    A Karian se le ocurrió la posibilidad de quedarse para siempre en alguna isla del Pacífico Sur, lejos de cualquier vestigio de civilización, pues creía que allí encontraría la paz que siempre había anhelado. “Debería entonces –le comentaba a Carl- hacerme acopio primero de una gran cantidad de pasta de dientes, creo, porque en una zona tan salvaje no debe de haber. Y también, ahora que lo pienso, unos cuantos cepillos de dientes ¿no?”

Carl se sonrió un poco para sus adentros por las extrañas inquietudes de su amigo, que siempre lo divertían y lo distraían del tedio de la vida.

   -Claro –le dijo-, pero, ¿realmente pensáis quedarte para siempre?

   -Bueno, siguió Karian, digamos que me quedaría hasta que se me acabe el último dentífrico. Sin embargo –se le ocurrió entonces-, ¿qué pasaría si los nativos comienzan también a cepillarse los dientes? Yo, por mi parte, no podría negarles los cepillos y la pasta, puesto que ellos me darían primero la posibilidad de quedarme con ellos, así que se me acabaría en poco tiempo y tendría que marcharme. ¡Ya sé! ¿Qué tal si les vendemos pasta de dientes a los salvajes? Bueno, es cierto que no usan dinero… así que les cambiaríamos la pasta de dientes por… ¡lanzas! Sí, lanzas. Y luego les venderíamos las lanzas a otra tribu en otra isla cercana, y finalmente incitaríamos a una guerra entre ambas islas, que ganarían fácilmente estos últimos pues los de la primera isla habrían quedado indefensos al darnos sus lanzas cuando optaron por proteger antes su salud bucal. Y al final le cobraríamos al jefe de la tribu vencedora con parte de su territorio y unos cuantos nativos que nos sirvan en las necesidades más básicas, además de un par de polinesias para establecernos allí para siempre… y no obstante, seguiríamos sin un lugar dónde proveernos de pasta de dientes. Así que, mejor olvídalo, solo nos enfocaremos en hallar el tesoro de la Calavera, en la isla del Dragón, y cada uno seguirá su destino luego.

    -Sí, parece lo mejor. Y así de paso evitaremos una guerra innecesaria – dijo Carl Holdman algo aturdido por los razonamientos de Karian. Y en eso, llegó Nancy cargada con dos bolsas, y al encararnos preguntó con su habitual sensualidad:

      -¿Y bien? ¿Qué pasó mientras no estuve? ¿Me perdí de algo?

Los amigos se miraron con complicidad y Carl la dijo al fin:

   -Acabábamos de evitar una guerra en la Polinesia, por lo demás, no pasó nada interesante en tu ausencia.

   -Ja, ja, ustedes siempre iguales, no pueden juntarse sin elucubrar algún plan descabellado que altere el orden mundial. ¿De qué se trataba esta vez?

   -¿La verdad? –dijo Karian. Pasta de dientes.

   -¿Qué? ¿Pasta de dientes? No, no. Dejémoslo así mejor, no quiero estar implicada en algo tan grave. Ustedes sí que están locos, ja, ja.

   -Karian pensó en quedarse en la Polinesia para siempre –explicó Carl-, pero cree que si lleva pasta de dientes, los integrantes de la tribu querrán usarla también y se le acabará pronto y deberá marcharse, y si bien no niego que está loco, sus estupideces no dejan de tener algún fundamento.

    En ese momento entraron Willy Dunkel y Alex, y junto a ellos venía el capitán Red Kid, una leyenda de los siete mares.

Kid Red. Uno veinte de alto, pelo negro, tez blanca, ojos rojos y cuerpo esbelto. Se hacía respetar. No era malo, pero era casi su deber parecerlo, tanto por su propia seguridad como por la de los pasajeros y la tripulación. Su nave –según dicen- era una porquería; pero se mantenía a flote. Al menos así lo había hecho los últimos diez años, y en las actuales circunstancias no se contaba con muchos más recursos que la fe y la buena fortuna.

Carl Holdman trató de disimular su asombro al tiempo que el capitán Kid Red ponía todo su empeño en apartar sus ojos del escote de Nancy. Karian estaba ansioso por zarpar; y en cuanto a Alex y Willy Dunkel, ellos simplemente confiaban en sus respectivas magnum 45 y la clásica 9 milímetros que Hollywood había puesto tan de moda en aquellos tiempos.

Todos se acomodaron lo mejor que pudieron en la pequeña habitación y Carl sirvió de su mejor whisky a todos menos a Karian. Luego procedieron con la reunión.

                                               * * *

BITÁCORA DEL VIAJE

Día 1

2 de Mayo de 2015

Una mariposa se posó en la proa cuando partimos. Creo que es un magnífico augurio.

                                                                            Karian Smitson

Día 5

Hoy sucedió algo extraordinario. Mientras me hallaba tomando sol en estribor llegó mi amiga la paloma mensajera, ¡y me traía un mensaje! Tomé el papelito que se encontraba atado a su pata derecha y lo abrí impaciente por conocer su contenido. ¡Cuál no fue mi sorpresa entonces! El rótulo decía: “Confederación Internacional de la paloma, Praga,” y este era su contenido:

   “Sr. Karian Smitson, lamentamos tener que llegar a esta situación, pero nos hemos visto alarmados en extremo por su conducta. En primer lugar, no tiene derecho de enviar a una paloma del servicio de mensajería a Alaska, pues hace peligrar su salud inútilmente, dado que a fin de cuentas, ¿a quién carajo conoce en Alaska con quien pueda contactarse? Y aunque así fuera, no envíe a nuestras palomas, o de lo contrario cancelaremos su subscripción.

   En segundo: no puede involucrar a un mensajero en actividades terroristas ni reclutarlo para el servicio de inteligencia, pues esos asuntos están totalmente por fuera de nuestras competencias.

   Por último, le comunicamos que su paloma ha sido observada, y si no cumple con nuestras exigencias revocaremos su permiso.”

       Atentamente:

Palomilla, directora del centro especial de mensajería internacional (con excepción de Alaska y el Polo Norte, aclaro para algún despistado)

                                                   Véase en breve

Día 6

Karian miró hacia afuera y no vio nada que llamara su atención, y eso lo opacaba en aquel momento, pues sentíase encerrado en un lugar tan enorme como el océano y no podía evitar atribuir su estado a un vacío en su propia vida. ¿Qué era lo que en realidad le faltaba? ¿Por qué se había metido en una misión tan quimérica y casi sin esperanza de obtener nada que pudiera en verdad disfrutar?

     Tal parece que luego de un par de días en el medio de la nada comenzaba a descubrir una parte de sí mismo que anhelaba el bullicio y el caos constante de la ciudad que él tanto criticaba, para contrarrestar esa calma inalterable del océano, entendida esta como equilibrio total, más no como quietud absoluta.

    Carl Holdman tocó la puerta. Venía con Willy Dunkel y la cocinera Yayi; cargado con una botella de caña y Willy llevaba consigo las cartas para jugar al truco.

                                                                                        El Autor


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