Conejito


 Shannon, el maquinista

Es notable ver como, cuando la temperatura baja, las nociones “adentro” y “afuera” se vuelven más resaltables en la ciudad, y desde afuera puede percibirse un mundo cálido dentro, pero en realidad desde adentro se ve la libertad salvaje de los iones manifestándose en este jardín incandescente; independientemente del frío o el calor.
 Hay una puerta que nadie quería abrir, y en ella había un cartel muy lindo con una inscripción muy horrible que contenía una única palabra que directamente intentaba herir la esencia misma de nuestra humanidad.
Dentro de ese lugar había mucha basura muy reluciente, muy limpia y ciertamente bien iluminada, y todo el mundo seguramente habrá visto algún lugar así pero la conciencia humana ya ha sido demasiado anestesiada como para reaccionar cabalmente como debería.
Shannon “el maquinista” tocó el timbre sabiendo que no había nadie y sostuvo una conversación con ninguna persona para luego darse cuenta de que nunca había estado ahí.
Un hermoso can pasó muy feliz porque no tenía que pagar impuestos, mientras un torbellino de gente era absorbida por automatismos sin fin, como máquinas averiadas y sin conciencia. Un desfile ridículo e infernal que ya no tenía más sentido que un castillo de naipes esperando que una brisa lo derrumbe.
Más tarde al ver el cartel con la triste palabra le pareció que era más pequeño que antes, y al menos la basura que estaba dentro de ese lugar podrido se quedaría ahí adentro, y nunca ensuciaría la magnificencia del cielo que estaba afuera brillando y bello como cada día.
Los pensamientos se suscitan a veces sin parar en una vida poco emocionante, y finalmente hay una histeria colectiva mirando máquinas de acero pasar sabiendo que nunca llegará a ninguna parte, como hormigas yendo de un lado a otro.
Las palabras eran absorbidas y distorsionadas en un orden perfecto, como un castillo de arena, y Shannon veía como todo se derrumbaba, porque ya no tenía sentido.
El cielo lo sentía, la tierra lo sabía, y los animales también, pero los autómatas seguían sus impulsos eléctricos y su sistema nervioso anclado a un ridículo marketing los arrastraba hasta el fin de los tiempos, sin enterarse de nada en absoluto.
La temperatura era de ocho grados Celsius y el mundo ya no existía pero él seguía caminando con la misma esperanza en un mundo ideal, en un mundo fantástico lleno de colores, aunque las personas quisieran pintar solo con gris o marrón los colores estaban ahí, no importa que nadie los haya usado antes.
El marketing y las costumbres devoraban pueblos enteros y todo era en blanco y negro a pesar de que el cielo ofrecía toda la luz, y la naturaleza todas las flores y la vegetación todo el verde del mundo, aún así la gente se obstinaba a seguir su programación. Shannon no quería abrir ninguna puerta pues no había nada más que descubrir ahí adentro porque el mundo nunca fue creado, tan solo fue imaginado por millones de mentes que aún siguen imaginando que existe objetivamente, sin saber que es una creación imaginaria.
Shannon siempre supo este gran secreto y por eso el mundo estaba desapareciendo frente a él sin dejar rastro. Shannon era el anclaje de una nueva dimensión o realidad, pero le decían el maquinista por su precisión. Odiaba equivocarse.
Precisión, precisión, se decía, la precisión es todo en un aterrizaje de esta clase. Como un halcón desciende solo por necesidad, Shannon se deslizó a máxima velocidad hasta el centro del huracán, sin dudar, para iluminar la faz de la Tierra. Sería la verdadera creación, sin más esclavitud, sin ilusiones ni laberintos sin fin. Por fin el ser Humano sería creado del polvo de una civilización nefasta para iluminar el cosmos con su poderosa e invencible Luz.
Sería más suave si tuviera donde sentarme, pensó, pero entonces me distraería y no sentiría el momento exacto en el que todos los sistemas colapsan para detenerse por siempre y dejar emerger la civilización dorada, la del tiempo de las antiguas pirámides, con la energía que ha sido ocultada al humano para mantenerlo dependiente y necesitado.
Todos los humanos nacen completos, le había contado su abuelo Carlson en una Navidad, pero luego le enseñan a ser dependiente y también le dicen lo que puede creer o pensar, así será dócil y estará domesticado e insertado en un sistema en el que solo unas veinte personas poseen todos los recursos por los que obligan a miles de millones a luchar, desgastarse física y emocionalmente, sufrir, padecer, y encima pagar tributos a sus opresores forajidos e inhumanos.
Shannon pensaba que tal vez su abuelo exageraba un poco, pero luego llegó a la puerta del mismísimo Infierno, y vio el cartel colorido, y en él la palabra de la asquerosidad, y el timbre y la habitación con basura reluciente… y lo entendió. Finalmente despertó luego de haber ya despertado cien veces, y abrió los ojos del entendimiento con dolor como un recién nacido. Y era REAL. Él, Shannon el maquinista, era el ancla que se incrustaba en tierra y sufría el placer del gran despertar de la conciencia y la inminente destrucción de algo que jamás existió, pues no tiene sentido ni realidad.
Los simples y rudimentarios patrones de comportamiento que una minoría incrustó en los dóciles cerebros de millones de humanos se caen a pedazos por el piso gris y ya no tan gélido de una ciudad resplandeciente, con la magia de mil estrellas de oro, las bendiciones caen para los seres de luz cegando a la estéril hueste de modas inútiles.
Yo solo lo vi pasar como una flecha, casi sin tocar el suelo, volando como un pájaro grácil, sin fragancia ni aroma, sin intención ni pensamiento. Un destello increíble de luz se esparció por kilómetros, invadiendo todos mis sentidos, como impregnándose en mi mente y en mi esencia, hacia vibrar todo mi ser como un resorte.
Y escuché en mi corazón las palabras: “Que haya luz.”
Y hubo luz.
Finalmente
Horacio Kiel
Honorary Chess Ambassador

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