Colmillo
Memorias de un Jugador
“El Universo es una digestión,
la vida es una acción mágica.”
Blaise Cendrars
Recuerdo la hipnosis que solía provocar en mis sentidos la mesa se ajedrez en la avenida principal, siempre rodeada de gente en ebullición observando con cierta ironía la lucha de los gladiadores. Yo no era un luchador aún, y por tanto el efecto era aún mayor en lo estético, aunque muy inferior en lo conceptual, ya que no entendía casi nada de lo que pasaba dentro de las míticas 64 casillas.
En aquel tiempo muchas cosas eran diferentes, aunque en verdad no tanto.
Siempre era fascinante ver a los más fuertes despachar uno tras otro a los oponentes, como si realmente fuera tan fácil, o hubiera un decreto que sentenciaba el destino de la lucha desde el comienzo.
Había una fuerza tan grande alrededor que no era aconsejable para espíritus demasiado sensibles, y yo trataba de mantener la sangre fría. Cierta vez un jugador bastante bueno dijo mientras perdía una partida conmigo: “Casi no se nota que no sabe jugar”. Y era cierto. Yo no sabia jugar entonces, pero podía disimular bastante bien.
Muchos se sentirían más relajados en una trinchera que en un tablero de juego, y más aún en un torneo. A veces parece que es el juego que se divierte con los jugadores y no al revés.
En otra parte de la misma avenida de la ciudad, justo en la explanada municipal había otro tablero, este era de mármol, y los jugadores pedían las piezas en un quiosco antiguo de estilo ingles que se encontraba en esa esquina. Allí no había tanta tensión, y los jugadores no solían ser tan fuertes, aunque sabían lo que hacían, casi siempre al menos. Recuerdo cierta vez en 2018 creo, en octubre si no me equivoco, jugué una partida extraordinaria donde calculé un encierro de Caballo en un final muy delicado. Nunca podría olvidarlo, pues entonces me costaba controlar las emociones jugando entre tanta gente y con tanto ruido. Estaba feliz por esa victoria, más que si hubiese conquistado el mundo entero.
No hay mejores ropas que las propias, supongo, y al final tu juego te encuentra y te enfrenta como si fuera tu otro yo, o tu Alter ego, para decirlo con fingido refinamiento, tal como las personas que se esfuerzan por mostrar algo que no son y no llegarán a ser. Todos conocemos a alguien así.
También recuerdo otro tablero importante en mis memorias y que tampoco existe ya, y me refiero a la misma avenida 18 de Julio, en el primer piso del Club Español, donde un Maestro Nacional tenía la deferencia de jugar dos partidas conmigo todos los días para instruirme en el juego de los dioses. Nunca le hacía perder el tiempo, sabía cuando ya no envía chances y me rendía. Los jugadores era en su mayoría de edad avanzada, al punto que si sumaríamos las edades de todos en la sala podriamos hablar de unos 500 años de experiencia o más, y yo acababa de iniciarme. Ni que hablar que me llevó meses empezar a ganar partidas. Cierta vez gané a tres adversarios octogenarios en la mesa de Blitz y para mí fue una iniciación. Eso fue hace unos 13 años, en 2011 y 2012, y parece que hubiera pasado una vida entera. Ahora tengo 39 años y el ajedrez siempre será parte de mi ADN, sin importar lo que haga.
Cuando el arte de narrar historias lleve a ser el are de divagar cualquiera saldrá a exhibir sus espejos de colores para un público menos exigente, y yo no he caído tanto aún, así que si se pregunta de qué va toda esta charla de mis memorias de viejos tableros de ajedrez montevideanos y su poco legendaria historia, les diré para que les vale ser tan pacientes.
Es posible que la edad me haya vuelto mejor y peor en muchos sentidos, pero luego de un vida escribiendo he entendido que una verdadera historia es aquella que conmueve al lector y lo lleva a un viaje de transformación de donde nunca podrá volver siendo el mismo, o de lo contrario es una hoja inerte que bien puede ser desechada de la memoria.
Finalmente estaba el Club Municipal, a unas cuadras de la Intendencia. Allí había un ex campeón nacional que daba clases, y comencé a competir allí en 2019, aunque el primer torneo lo jugué en la Biblioteca Nacional, y justo mi oponente se llamaba Rey Fernando. Gané, por suerte.
Cada vez que abría la cortina de madera enorme del Club Municipal para entrar a la enorme sala de juego me decía a mi mismo “¿Para que rayos me metí en este torneo?”, y entones abría la cortina y enfrentaba mi destino ajedrecístico. Era muy difícil lidiar con la tensión, pero al mismo tiempo era hermoso jugar y competir. Se sentía como una cofradía, tal como dice en los relojes: “gens una sumus”, que se traduce como somos los mismo, o somos uno, o de una misma familia. Sin duda los jugadores comparten un sentir muy especial y único que los conecta, pero al mismo tiempo es una lucha muy difícil.
Finalmente ese Club se mudó justo cuando dejé de competir un tiempo, pues me sentía emocionalmente desgastado. Ahora compiten en una galería en donde se edita una revista en donde escribo llamada Vocación, lo cual me hace sentir aún más conectado con el mundo de Caissa, en donde los jugadores saben que no cumplirán todos sus deseos, pero si el más importante, el de seguir jugando.
Como susurra la voz de Caissa:
¡Juega! ¡Mi Héroe!
Búscame en todos los cruces
En las derrotas, juzga tu inteligencia
¡Sigue! ¡Sigue jugando!
Avanza así en medio de la oscuridad
Con mi fuego, vencerás al dragón.
Tú no sabes cuándo,
y el por qué no te interesa
Si eres mi jugador,
eres mío…
para siempre
Y finalmente, en algún lugar escondido y olvidado del espacio, donde las encrucijadas se juntan a conversar, el juego emerge como una isla de diamantes de los antiguos narradores del pasado, que escuchaban está historia a través del tiempo, mientras jugaban una nueva partida del juego de los Reyes.
En honor a todos los que aman este juego, en donde la belleza y el sufrimiento se entrelazan de una forma misteriosa y única.
Horacio Kiel
Honorary Chess Ambassador

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