Paisaje
BROOKLYN
Era recurrente mientras vivía en Brooklyn organizar mi vida en torno la forma en que percibía el humo de un café a media mañana.
Todo lo que necesitaba era un destello de inspiración entre la mortal rutina que arrasa con pueblos civilizaciones y eras históricas.
Aguardando el tren de las 2 p.m. para la aburrida e importante reunión, observaba los puestos de revistas tan artísticamente ordenados que de alguna forma son el alma de la ciudad. Un orden perfecto dentro de un caos total.
Solo 2 minutos después de firmar el contrato con la editorial norteamericana ya me encontraba en un taxi rumbo al hotel.
Yo nunca había tomado un café pero comencé a hacerlo cuando vi que todas las personas exitosas lo hacían, creí que así también yo sería exitoso. Solo un instante luego de haber llegado a Nueva York sentí que había vivido ahí toda mi vida, en un lugar que uno tenía que odiar y amar al mismo tiempo pero al final uno pertenece a ese lugar al que ama y a veces ni siquiera se encuentra en este mundo.
Cuando ves el rudimentario español que hablan algunos norteamericanos en contraste con el excelente inglés que habla la mayoría de los uruguayos uno nota cuánto amamos las costumbres foráneas en el fondo y no apreciamos la belleza intrínseca de nuestra cultura, que no llegamos a comprender.
Luego de la interminable espera en aeropuerto finalmente me encontraba nuevamente en el avión en otro largo viaje donde trataba de pensar positivamente en mí por venir y en mi presente. Siempre admiré a la gente que se contenta con poco y es feliz con lo que tiene. Pero para mí este mundo no basta, yo necesitaba más. Por eso tuve que dirigir mis pensamientos hasta el infinito y alcanzar la cumbre del éxito solo para ver lo aburrido que es el mundo civilizado, pero aún así es necesario cumplir tu propósito.
Y así probablemente hagas planes para cuando seas joven, y otros planes para cuando te des cuenta de que ya nada importa.
No es lo mismo la gloria que el éxito.
En otras palabras, puede que deteste los aviones y el café pero ambas cosas eran necesarias para alcanzar la gloria que refiere a mi interioridad, a mi alma: a mi propósito divino en la vida. Mi chofer me esperaba en el aeropuerto, al llegar al portón de mi casa, cerca de la playa, el cielo las nubes parecían brillar de una forma especial, casi parecían hablarme.
Entonces todo lo que había hecho en mi vida era muy poco o no era nada en comparación con ese destellante fuego del cielo. Entré a mi casa y dormí profundamente. Nueva York puede ser muy lindo para una película, pero un hombre que no intenta ser como los dioses es menos que un hombre, y aquí el cielo está más cerca.
Creo que entonces soñé algo muy hermoso, que no pude recordar, porque era demasiado bello.
Sentí un viento frío que me impulsó a hacer un pequeño viaje.
Y finalmente estaba casa.

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